En 2014, a las puertas de la celebración del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, Jesús Sánchez Adalid publicó Y de repente, Teresa, una novela con la que se adentró en uno de los capítulos menos conocidos y más complejos de la vida de la carmelita: las sospechas que despertaron sus experiencias místicas y la vigilancia a la que fue sometida por el Santo Oficio. Para escribirla, el autor realizó una profunda labor de documentación, acercándose especialmente a los escritos y al epistolario teresiano.
Aquel trabajo le permitió descubrir, detrás de la imagen tantas veces idealizada de la Santa, a una mujer extraordinariamente humana: inteligente, perspicaz, con sentido del humor, capacidad de gobierno y una sorprendente libertad interior. En esta entrevista, Sánchez Adalid reflexiona sobre la Teresa escritora, fundadora, mística y mujer del siglo XVI, sobre la capacidad de la novela histórica para devolver vida al pasado y sobre el valor de recorrer las ciudades de Huellas de Teresa para comprender la dimensión real de aquella «santa andariega».
En 2015 publicó una novela dedicada a Santa Teresa de Jesús. ¿Qué le llevó a convertir a una de las figuras más universales de nuestra historia en protagonista de una obra de ficción?
En realidad, Y de repente, Teresa apareció en diciembre de 2014, aunque su publicación estuvo enteramente vinculada al V Centenario del nacimiento de la Santa, celebrado en 2015. La iniciativa surgió en 2012, cuando el vicario general de los carmelitas descalzos se puso en contacto conmigo porque la precomisión organizadora del Centenario deseaba que se escribiese una novela sobre ella. Teresa de Jesús había sido siempre una santa muy cercana para mí; me había encomendado muchas veces a su intercesión. De modo que sentí, con cierta emoción, que alguien a quien yo había pedido tanto venía ahora, de alguna manera, a pedirme algo a mí.
Desde el principio comprendí que no debía escribir una biografía novelada. Teresa ya había contado su propia vida y lo había hecho con una fuerza, una sinceridad y una inteligencia difíciles de imitar. Remedar su voz habría sido, además de inútil, una temeridad. Por eso busqué una perspectiva distinta y encontré uno de los episodios menos conocidos de su existencia: la larga inquietud que le produjo la vigilancia del Santo Oficio, las sospechas que despertaban sus experiencias místicas y las acusaciones que llegaron a formularse contra ella.
La decisión literaria fue aproximarme a Teresa desde fuera, a través de los ojos de quienes la investigaban y trataban de averiguar si aquella mujer era una verdadera mística o una embaucadora próxima a los alumbrados. Teresa va apareciendo poco a poco, mientras el lector entra en la mentalidad del siglo XVI. Y, de pronto, surge ella. De ahí el título.
Me interesaba retirar las capas de escayola que a veces cubren a los santos sin arrebatarle nada a su santidad. Al contrario: mostrar sus enfermedades, sus temores, las incomprensiones que padeció y la amenaza real bajo la que vivió permite comprender mejor su extraordinaria grandeza.
¿Cómo fue el proceso de documentación para construir literariamente un personaje tan conocido y, al mismo tiempo, tan complejo como Santa Teresa?
Fue un trabajo verdaderamente ingente. La primera fuente tenía que ser la propia Teresa. Leí sus grandes obras, naturalmente, pero presté una atención especial a su epistolario. En las cartas aparece quizá la Teresa más genuina: intuitiva, inteligente, perspicaz, dotada de un extraordinario gracejo y muy pendiente de cuanto sucedía a su alrededor. Allí encontramos a la fundadora que negocia, pregunta por el dinero, se preocupa por sus monjas, sufre por los caminos, juzga con gran agudeza a las personas y sabe servirse del humor incluso en momentos difíciles.
Estudié también las Cuentas de conciencia, los testimonios de sus contemporáneos, la correspondencia relacionada con las fundaciones y toda la documentación disponible acerca de las investigaciones inquisitoriales. La ayuda del padre Teófanes Egido y de sus estudios fue decisiva para reconstruir aquel mundo y comprender hasta qué punto el origen judeoconverso de la familia, la persecución de los alumbrados y el miedo a la penetración protestante condicionaban la forma en que se leía cada palabra de Teresa.
Después estaba la reconstrucción de la época: el funcionamiento del Santo Oficio, los interrogatorios, las redes de confidentes, los conventos, los viajes, la alimentación, el lenguaje, las relaciones entre las distintas órdenes religiosas y el clima espiritual de la España de Felipe II.
Mi formación jurídica me ayudó a comprender los procedimientos inquisitoriales y la lógica interna de las acusaciones. La Teología me permitió distinguir las corrientes espirituales y adentrarme en el discernimiento de las experiencias místicas. Y el conocimiento previo del siglo XVI, adquirido durante la preparación de otras novelas, facilitó la recreación de la vida cotidiana. Pero también tuve que vigilarme para no entrar en la historia con una sentencia ya dictada. Procuré investigar sin prejuicios, dejando que los documentos fueran modificando mis ideas iniciales. Esa es una de las grandes aventuras de la documentación: uno comienza creyendo que va a confirmar lo que sabe y termina descubriendo que la realidad era mucho más compleja.
Como novelista, ¿qué faceta de Teresa descubrió durante la escritura que más le sorprendió o le resultó más cercana?
Me sorprendió especialmente la unión entre su profundidad espiritual y su extraordinario sentido práctico. Con frecuencia se la representa arrobada, con la mirada elevada y separada del mundo. La Teresa que aparece en sus cartas tiene los pies firmemente apoyados en la tierra. Conoce la naturaleza humana, sabe interpretar los silencios, advierte enseguida las intenciones ajenas y comprende que una fundación exige permisos, dinero, amigos, paciencia y una enorme capacidad para superar contratiempos.
También descubrí con mayor claridad su humor. Teresa podía escribir sobre las cuestiones más hondas del alma y, poco después, hacer una observación llena de ironía acerca de una persona, una situación doméstica o las fatigas del camino. Ese gracejo hace que su voz atraviese los siglos con una frescura asombrosa. No se expresa como una figura distante, consciente de que algún día estará en los altares. Habla como una mujer viva, espontánea, inteligente y profundamente humana.
Me resultó muy cercana también su manera de vivir la confianza. La amenaza inquisitorial fue seria. Teresa sabía que podía terminar encarcelada y conocía lo que había sucedido a personas tan relevantes como el arzobispo Carranza o fray Luis de León. Sin embargo, los testimonios de quienes la trataron muestran que aquella inquietud no llegó a paralizarla. Poseía una libertad interior extraordinaria. Continuó escribiendo, fundando y defendiendo aquello que había comprendido como voluntad de Dios.
Esa unidad entre oración y acción es quizá lo que más me conmueve. Su experiencia de Dios no la apartó de la realidad; la hizo más lúcida, más valiente y más capaz de entregarse. Rezaba para actuar y actuaba desde lo que había descubierto en la oración.
Santa Teresa ha sido objeto de innumerables estudios históricos y biográficos. ¿Qué puede aportar la novela a la comprensión de su figura que quizá no consiguen otros géneros?
La novela puede devolver a un personaje su temperatura humana. Un estudio nos explica qué ocurrió, cuáles fueron las causas y qué documentos se conservan. La narración permite escuchar los pasos en un corredor, sentir el miedo ante la llegada de un emisario del Santo Oficio, comprender lo que significaba que un manuscrito fuera requisado o imaginar la incertidumbre de una mujer que ignoraba si al día siguiente sería interrogada.
En Y de repente, Teresa quise que el lector se acercara a ella como lo hicieron sus contemporáneos. Primero entra en el mundo de la Inquisición, conoce sus temores, sus prejuicios y también las razones históricas de su vigilancia. Había embaucadores que fingían éxtasis, falsos visionarios y personas que se aprovechaban de la credulidad ajena. Desde esa mentalidad, la aparición de una mujer que hablaba de revelaciones, arrobamientos y unión con Dios podía despertar una sospecha inmediata.
Fray Tomás, el joven dominico encargado de investigar aquellos fenómenos, va descubriendo gradualmente a Teresa. Esa mirada indirecta permitía evitar tanto la hagiografía como la caricatura de sus adversarios. El lector realiza su propia pesquisa y termina percibiendo la diferencia entre la falsedad de unos y la verdad interior de aquella mujer.
La novela ofrece, además, una visión de conjunto. Sitúa a Teresa en el clima social, religioso y político que respiró. La vemos rodeada de personas que la admiran, la temen, la envidian, la ayudan o intentan detenerla. Esa red de relaciones nos permite comprenderla mejor.
Naturalmente, la novela no sustituye a sus escritos. Aspira a abrir una puerta que conduzca hasta ellos. Quien termine Y de repente, Teresa debería sentir el deseo de leer el Libro de la vida, las Moradas, las Fundaciones o sus cartas.
Las ciudades de las Huellas de Teresa conservan los escenarios reales de su vida y de sus fundaciones. ¿Qué importancia tienen esos lugares para comprender a la mujer que usted recreó en su novela?
Tienen una importancia decisiva, porque Teresa fue una mujer en camino. Su espiritualidad no nació en un espacio abstracto. Está vinculada a ciudades concretas, a conventos, caminos, posadas, casas prestadas, permisos difíciles, encuentros providenciales y conflictos que pusieron a prueba su determinación.
Cada ciudad nos muestra una Teresa distinta. Ávila contiene sus raíces familiares, su vocación y el comienzo de la reforma. Medina del Campo representa la expansión del proyecto. Toledo permite conocer su inteligencia para relacionarse con ambientes sociales muy diversos. Pastrana habla de los conflictos que tuvo que afrontar. Salamanca nos acerca a un mundo universitario e intelectual que también formaba parte de su tiempo. Segovia recuerda su colaboración con san Juan de la Cruz. Burgos muestra a una Teresa ya enferma y fatigada, pero todavía capaz de culminar su última fundación. Alba de Tormes conserva la memoria de sus últimos días.
Y Sevilla ocupa un lugar fundamental en Y de repente, Teresa. Llegó allí en mayo de 1575 para realizar una fundación especialmente difícil. El clima, su mala salud, las resistencias iniciales y la denuncia presentada ante la Inquisición convirtieron aquella estancia en una de las pruebas más duras de su vida. Contemplar los lugares donde sucedió todo permite que los documentos adquieran una dimensión física y verdadera.
La Red Huellas de Teresa permite recorrer hoy ese legado desde la peregrinación, la cultura, el patrimonio y la historia. Me parece una iniciativa magnífica porque ofrece una biografía geográfica de la Santa. Los lugares conservan algo que los libros difícilmente pueden transmitir: las distancias, la luz, el frío, el paisaje, la arquitectura y la proporción real del esfuerzo. Cuando uno recorre esos caminos comprende que la «santa andariega» no es una expresión retórica.
Santa Teresa fue escritora, reformadora, fundadora y una extraordinaria conocedora del ser humano. ¿Cuál de esas dimensiones cree que sigue despertando un mayor interés entre los lectores actuales?
Creo que el lector actual se siente especialmente atraído por su conocimiento del ser humano, aunque esa cualidad nos llega a través de su escritura. Teresa sabe observar los movimientos del alma: el miedo, la imaginación, el autoengaño, el deseo, la tristeza, la necesidad de ser amados, las resistencias que ponemos a la verdad y las muchas formas en que intentamos huir de nosotros mismos.
Las Moradas constituyen una gran exploración de la interioridad. El castillo que Teresa describe está lleno de habitaciones, umbrales, zonas oscuras y espacios de luz. Esa imagen sigue resultando poderosa porque cada persona intuye que lleva dentro una profundidad que apenas conoce. Teresa nos invita a entrar en ella, sin narcisismo, para descubrir en el centro la presencia de Dios.
Pero sus dimensiones son inseparables. La escritora da forma a su experiencia espiritual; la reformadora la convierte en un modo nuevo de vida; la fundadora la encarna en comunidades concretas. Su contemplación no termina en un pensamiento hermoso. Se transforma en decisiones, viajes, dificultades y relaciones humanas.
Y todo eso está escrito con una voz extraordinariamente libre. La Real Academia ha destacado cómo Teresa tuvo que «trastornar la retórica» y liberar la palabra para expresar una experiencia para la que apenas existían modelos. De ahí la modernidad de su prosa: parece que nos está hablando.
La fortaleza de Teresa atrae mucho, especialmente por tratarse de una mujer que vivió en un siglo en el que no se esperaba que una religiosa escribiera, fundara, discutiera con letrados y recorriera Castilla defendiendo un proyecto propio. Pero su mayor actualidad procede, a mi juicio, de esa capacidad para enseñarnos a mirar dentro de nosotros sin perder de vista el mundo que nos rodea.
La Red de Ciudades Teresianas «Huellas de Teresa» trabaja para acercar su legado desde la cultura, el patrimonio y la literatura. ¿Qué papel cree que puede desempeñar la novela histórica en esa tarea de divulgación?
La novela histórica puede actuar como un puente. Muchas personas quizá no comiencen leyendo una edición crítica de las obras teresianas ni un estudio especializado sobre las fundaciones. Sin embargo, pueden sentirse atraídas por una historia bien narrada, entrar en el siglo XVI a través de unos personajes y descubrir después que aquello que las ha emocionado sucedió en lugares que todavía existen.
La literatura concede vida al patrimonio. Un convento deja de ser únicamente una fachada admirable cuando el lector sabe quién llamó a aquella puerta, qué dificultades tuvo que vencer, qué conversación decisiva se celebró en una habitación o qué esperanzas se depositaron entre aquellos muros. La piedra adquiere memoria humana.
Ahora bien, esa divulgación exige rigor. La novela histórica tiene libertad para imaginar diálogos, escenas y personajes secundarios, pero debe respetar los hechos conocidos, la mentalidad de la época y el carácter esencial de las personas reales. Cuando la ficción sustituye la historia por nuestros prejuicios actuales, el pasado queda convertido en un disfraz. El novelista debe distinguir entre lo documentado y lo verosímil y trabajar para que ambos elementos formen una narración coherente.
En entrevistas de aquellos años expliqué que el gran público se acerca con mucha facilidad a la novela histórica y que esa fue una de las razones para elegir este género. La historia de Teresa podía alcanzar así a lectores muy distintos y conducirlos hacia sus propias obras.
La Red Huellas de Teresa conserva y divulga su legado histórico, cultural, espiritual y patrimonial. La novela puede añadir a todo ello una memoria emocional. Después de leer, el visitante ya no contempla únicamente un lugar: intenta escuchar lo que allí sucedió. Y el recorrido exterior puede convertirse también en un viaje interior.
Cinco siglos después, Santa Teresa continúa inspirando novelas, teatro, música y cine. ¿Qué tiene su personalidad para seguir siendo una fuente inagotable de creación artística?
Teresa reúne en una sola vida una riqueza dramática excepcional. Fue mística y organizadora, escritora y viajera, mujer de salud frágil y fundadora incansable. Conoció la admiración y la sospecha, la amistad más profunda y la incomprensión, el gozo espiritual y periodos de gran aridez. Su biografía contiene acción exterior y un inmenso drama interior.
Poseía, además, una personalidad que no se deja encerrar en una definición. Era obediente, pero tenía una libertad extraordinaria. Sabía ser humilde y, al mismo tiempo, defender con enorme firmeza aquello que consideraba justo. Podía hablar de las cumbres de la contemplación y preocuparse inmediatamente después por una deuda, una obra mal hecha o la enfermedad de una monja. Su humanidad impide que se convierta en una estatua.
También hay en su vida conflictos que cada época vuelve a plantearse: la relación entre experiencia personal e institución, entre libertad y obediencia, entre mujer y autoridad, entre cuerpo y espíritu, entre contemplación y acción. Cada generación se aproxima a Teresa con preguntas nuevas y encuentra en ella una interlocutora.
Y, por encima de todo, está su voz. Teresa habla con una cercanía que vence los siglos. Tiene ritmo, espontaneidad, humor, imágenes inolvidables y una naturalidad que a veces parece contemporánea. El Centro Virtual Cervantes la considera una figura culminante de la escritura femenina religiosa española y una de las grandes autoras del siglo XVI. Esa calidad literaria explica que su influencia desborde el ámbito estrictamente devocional.
El arte vuelve una y otra vez a ella porque Teresa nunca queda agotada. Cada creador descubre una faceta distinta: la mística, la rebelde, la enferma, la fundadora, la escritora, la amiga, la mujer perseguida o la anciana que continúa caminando cuando el cuerpo apenas puede seguirla.
Como escritor, ¿cree que Santa Teresa ocupa el lugar que merece dentro de la historia de la literatura española o todavía queda mucho por descubrir y divulgar sobre su obra?
Santa Teresa ocupa formalmente un lugar eminente en el canon de nuestra literatura, pero tengo la impresión de que todavía no la leemos con la amplitud que merece. La veneramos como santa, la reconocemos como doctora de la Iglesia y repetimos algunos de sus versos, aunque muchas personas nunca han entrado realmente en su prosa.
La Biblioteca Nacional la incluye entre las autoras más importantes de la lengua castellana, y su obra forma parte de la gran tradición literaria del Siglo de Oro. La Real Academia Española ha dedicado estudios y ediciones críticas al Libro de la vida, reconociendo la originalidad radical de su escritura. Por tanto, el reconocimiento académico existe.
Lo que falta es convertir ese reconocimiento en lectura viva. Teresa debe ser leída también como una extraordinaria artista de la palabra. Su aparente espontaneidad está llena de inteligencia narrativa. Sabe crear cercanía, introducir una imagen, interrumpirse, volver sobre una idea y establecer una conversación directa con quien la lee. Su lengua conserva algo oral, como si escucháramos su voz en la habitación.
Y creo que deberíamos divulgar mucho más sus cartas. Siempre he dicho que constituyen una verdadera radiografía de su personalidad. En ellas aparece la Teresa cotidiana: afectuosa, exigente, preocupada, irónica, cansada, perspicaz y pendiente de los menores detalles.
Quizá ya no falten grandes descubrimientos documentales capaces de cambiar completamente su figura, aunque los archivos siempre pueden ofrecer sorpresas. Lo que queda por descubrir es la Teresa que cada lector todavía no ha leído. Su obra continúa esperando fuera de los ámbitos religiosos y académicos, donde puede dialogar con cualquier persona interesada en la conciencia, la libertad, el lenguaje y el misterio del ser humano.
Si tuviera que invitar a un lector que aún no conoce a Santa Teresa a acercarse a ella, ¿qué le diría para convencerle de que descubrirá mucho más que un personaje histórico?
Le pediría que olvidara durante un momento la estatua, el hábito, la aureola y las estampas. Le diría que se acercase sencillamente a una mujer que tuvo miedo, padeció graves enfermedades, sufrió incomprensiones, hizo amistades extraordinarias, atravesó caminos interminables y se atrevió a hablar cuando muchas voces le recomendaban silencio.
Encontrará a una mujer que se conoce y que, precisamente por eso, conoce muy bien a los demás. Una mujer con humor, inteligencia, ternura, capacidad de mando y una sorprendente libertad interior. Teresa no oculta sus debilidades ni se presenta como alguien que hubiese nacido santa. Cuenta sus dudas, sus resistencias, sus errores y el largo proceso por el que fue aprendiendo a confiar.
Le recomendaría comenzar quizá por algunas cartas o por determinados capítulos del Libro de la vida. Allí escuchará una voz inconfundible. Después podrá entrar en las Moradas, donde descubrirá que el viaje más apasionante no siempre exige atravesar continentes: puede consistir en recorrer las estancias de la propia alma.
Y le diría también que no espere encontrar una espiritualidad que invite a huir de la realidad. Teresa enseña que la verdadera vida interior hace a la persona más responsable, más libre y más disponible para los demás. Su confianza en Dios se convierte en coraje, trabajo, inteligencia y servicio. Esa unidad entre oración y acción fue una de las claves que más quise destacar al escribir la novela.
Quien se acerque a ella descubrirá mucho más que un personaje del siglo XVI. Encontrará una compañera de camino, una maestra del conocimiento propio y una de las voces más vivas, valientes y verdaderas de nuestra literatura.