Una conversación aparentemente sencilla entre dos personas terminó convirtiéndose en uno de los encuentros decisivos de la historia del Carmelo. En Medina del Campo, Teresa de Jesús conoció a Juan de la Cruz y encontró en aquel joven fraile al compañero que necesitaba para extender también entre los hombres la reforma que había comenzado. Casi cinco siglos después, aquel diálogo vuelve a hacerse presente en el mismo lugar donde ocurrió gracias a un nuevo mural del artista Nano Lázaro.

Situada frente al monasterio de las Madres Carmelitas, la obra busca algo más que recordar un acontecimiento histórico: devolverlo a la calle y a la vida cotidiana de Medina del Campo. Nano Lázaro recrea a Teresa y Juan no como figuras solemnes e idealizadas, sino como dos personas inmersas en una conversación: ella habla y gesticula; él escucha. En esta entrevista conversamos con el artista sobre el proceso de investigación y creación del mural, los recursos utilizados para narrar aquel encuentro y las posibilidades del arte urbano para reinterpretar el patrimonio y despertar la curiosidad por la historia de nuestras ciudades.

Nano, acabas de dejar una nueva obra en las calles de Medina del Campo. ¿Qué supone para ti que un mural tuyo pase a formar parte del paisaje cotidiano de una ciudad con tanta historia?

Para mí es una responsabilidad y también un privilegio. Cuando pintas en una ciudad con tanta historia, sabes que la obra va a convivir con un patrimonio que ya existe.

Me interesa especialmente cuando el mural no está solo colocado en un sitio, sino que dialoga con él. En este caso, además, está frente al lugar donde ocurrió el encuentro que representa.

El mural representa el encuentro entre Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz en Medina del Campo. ¿Cómo te acercaste a ese episodio antes de empezar a trabajar?

Como hago siempre, empecé investigando.

No quería quedarme solamente con las imágenes que conocemos de Teresa y Juan, sino entender qué había detrás de aquel encuentro, quiénes eran ellos en ese momento y qué importancia tuvo Medina del Campo en sus vidas.

A partir de ahí intenté imaginar la escena y, sobre todo, la relación entre los dos personajes.

Estamos ante un momento decisivo: Juan pensaba marcharse a la Cartuja y Teresa consigue convencerle para permanecer en el Carmelo y participar en la reforma. ¿Cómo se representa pictóricamente un diálogo que terminó teniendo tanta trascendencia?

Creo que precisamente intentando olvidarse por un momento de la trascendencia que sabemos que tuvo después.

Yo no podía pintar sabiendo todo lo que iba a ocurrir posteriormente. Quería imaginar a dos personas sentadas hablando, sin convertir la escena en una representación solemne de un acontecimiento histórico.

Por eso trabajé mucho la actitud de cada uno. Teresa habla y explica. Juan escucha.

La importancia de aquel momento la conocemos nosotros después. Ellos estaban simplemente viviendo aquella conversación.

¿Qué querías que transmitieran Teresa y Juan en la obra? ¿Qué importancia tienen sus miradas, sus gestos y la relación que estableces entre ambos?

Quería que fueran dos personas diferentes.

Teresa aparece más activa, hablando y articulando con las manos. Juan está en una posición más receptiva, escuchando.

No quería que parecieran dos figuras estáticas posando para un retrato. Me interesaba que solamente con las posturas y los gestos se pudiera entender que entre ellos está ocurriendo una conversación.

Cuando trabajas con personajes históricos tan conocidos y representados durante siglos, ¿cómo encuentras un lenguaje propio sin perder su identidad?

Intento partir de la investigación y después olvidarme un poco de las imágenes que ya tenemos en la cabeza.

No quería representar las versiones idealizadas que nos han llegado de ellos. Quería imaginar cómo podían ser como personas.

Y después llevar esa interpretación a mi propio lenguaje pictórico, utilizando recursos de la pintura barroca, pero desde una mirada contemporánea.

¿Ha habido algún elemento del mural —un gesto, un color, un símbolo o un detalle— al que hayas concedido una importancia especial?

Sí, la filacteria, el pergamino a modo de banda.

Al principio la escena me quedaba demasiado estática. Tenía a los dos personajes de pie, hablando, y necesitaba introducir algo de movimiento.

La filacteria me permitió resolverlo. Envuelve a los personajes, los une visualmente y, además, me permite introducir sus nombres, el lugar y el año.

Así tiene una función estética, pero también narrativa.

La obra está situada justo enfrente del monasterio de las Madres Carmelitas. ¿Condicionó o inspiró de alguna manera ese emplazamiento el proceso creativo?

Muchísimo.

De hecho, es una de las cosas que más me interesaban del proyecto. El mural está enfrente del monasterio donde tuvo lugar el encuentro.

Eso hace que la obra no sea solamente una representación de un hecho histórico. La pared está señalando un lugar, es un rótulo.

Es casi como decir: «Aquí ocurrió».

El arte urbano permite sacar la historia de museos, conventos y libros y colocarla directamente ante quien pasa por la calle. ¿Qué posibilidades crees que ofrece el muralismo para contar el patrimonio de una ciudad?

Tiene una posibilidad que me parece muy interesante: sacar el arte y la historia de los espacios donde normalmente esperamos encontrarlos.

Una persona puede no entrar en un museo o no conocer previamente esta historia, pero puede encontrársela mientras camina por la calle.

Y, además, el mural puede adaptarse al propio lugar y dialogar con su arquitectura y con su historia y, sobre todo, recupera espacios desangelados.

Medina del Campo conserva numerosas huellas de Santa Teresa. Desde ahora también tendrá este mural. ¿Qué te gustaría que pensara alguien que se encuentre con él sin conocer previamente la historia que representa?

Me gustaría que primero le llamara la atención la pintura.

Y después que quisiera saber qué está viendo. Que descubriera los nombres, el año y el lugar, y que eso le llevara a interesarse por la historia que hay detrás.

Para mí sería suficiente con conseguir despertar esa curiosidad.

¿Cómo ha sido la reacción de los vecinos durante el proceso de creación? ¿Se acercaban, preguntaban o compartían contigo historias sobre Teresa y San Juan?

Sí, siempre que trabajo en la calle se produce ese contacto.

La gente se acerca, pregunta qué estoy haciendo, comenta lo que está viendo o cuenta lo que conoce del lugar.

Y en una obra como esta, además, muchas personas ya tenían una relación previa con la historia de Teresa y con Medina del Campo.

Para mí esa parte también forma parte del muralismo: la obra se va haciendo mientras tú estás trabajando, pero también mientras la gente la ve crecer.

Después de trabajar durante tantos días con sus rostros y con su historia, ¿ha cambiado en algo tu propia percepción de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz?

Sí, porque investigar para pintar no es lo mismo que simplemente conocer sus nombres.

Cuando profundizas en sus vidas empiezas a entenderlos dentro de su época, sus circunstancias y sus decisiones.

Y eso hace que dejes de ver solamente las figuras históricas y empieces a imaginar a las personas que había detrás.

Huellas de Teresa une catorce ciudades marcadas por la presencia de Teresa. ¿Crees que el arte contemporáneo puede ser una buena herramienta para reinterpretar y hacer visible ese patrimonio en nuestras ciudades?

Sí, precisamente porque permite acercarlo a públicos diferentes.

El patrimonio no tiene por qué quedarse únicamente en la conservación del pasado. También podemos reinterpretarlo desde lenguajes contemporáneos y hacer que vuelva a formar parte de la vida cotidiana de las ciudades.

Para mí, ahí el muralismo tiene mucho que aportar.

Si tuvieras que definir en una frase qué has querido dejar en Medina del Campo con este mural, ¿cuál sería?

Quería convertir una historia que ocurrió hace casi 500 años en una imagen que pueda volver a formar parte de la vida de Medina del Campo, y justo en el lugar donde ocurrió.