Entre las numerosas localidades vinculadas a la vida de Santa Teresa de Jesús, Becedas ocupa un lugar singular. No fue escenario de una fundación, ni de un gran acontecimiento de la Reforma, ni de alguno de los episodios más conocidos de su biografía. Sin embargo, en esta pequeña villa del occidente abulense la joven Teresa atravesó una de las experiencias más duras de toda su vida. Aquí llegó siendo una mujer de apenas veinticuatro años, gravemente enferma y con la esperanza de encontrar un remedio para sus dolencias. Lo que encontró fue un largo calvario físico que la situó al borde de la muerte y que marcaría para siempre su manera de comprender el sufrimiento, la fragilidad humana y la confianza en Dios.
En el siglo XVI, Becedas era una población mucho más importante que la actual. Situada en el extremo occidental de la provincia de Ávila, muy próxima a Béjar, contaba con más de trescientos vecinos y gozaba de cierta prosperidad gracias a su posición en las rutas comerciales de la comarca. Su fama se debía también a la presencia de personas dedicadas a la medicina popular y a las curas tradicionales, circunstancia que explica por qué la familia de Teresa decidió trasladarla hasta allí cuando su estado de salud comenzó a agravarse.
Corría el año 1539. Teresa llevaba tiempo sufriendo una enfermedad que desconcertaba a los médicos de Ávila y que iba debilitando progresivamente sus fuerzas. En un intento desesperado por encontrar alivio, fue enviada a Becedas para ponerse en manos de una curandera cuya reputación se había extendido por buena parte de Castilla. La joven carmelita llegó con la esperanza de recuperar la salud, pero la experiencia resultó muy distinta de lo esperado.
La propia Teresa describirá aquellos meses con palabras de una intensidad extraordinaria en el Libro de la Vida. Permaneció allí más de tres meses, desde la primavera hasta bien entrado el verano, sometida a tratamientos que ella misma recuerda como auténticos tormentos. «Los tres meses padeciendo tan grandísimo tormento en las curas que me hicieron tan recias, que yo no sé cómo las pude sufrir», escribirá años después. La frase transmite no solo el dolor físico de aquellas intervenciones, sino también la dureza de una medicina que, en ausencia de conocimientos científicos suficientes, recurría con frecuencia a procedimientos extremadamente agresivos para combatir enfermedades cuya naturaleza apenas se comprendía.
Lejos de mejorar, Teresa salió de Becedas en un estado todavía más delicado. A finales de julio o comienzos de agosto emprendió el regreso a Ávila completamente agotada. Su situación era tan crítica que, cuando fue examinada nuevamente por los médicos, todos coincidieron en un diagnóstico desesperanzador. Ella misma resume aquel momento con una sobriedad estremecedora: «Tornaron a verme médicos. Todos me desahuciaron.» Poco después caería en el célebre estado de parálisis y aparente muerte que la mantuvo durante varios días sin apenas signos de vida y que constituye uno de los episodios más dramáticos de toda su biografía.
Sin embargo, Becedas no dejó únicamente el recuerdo del sufrimiento. Durante su estancia en la localidad tuvo lugar otro episodio mucho menos conocido, pero igualmente significativo para comprender la personalidad de Teresa. Allí conoció a un sacerdote cuya vida espiritual atravesaba un momento de evidente relajación. La joven carmelita, pese a encontrarse gravemente enferma y necesitada ella misma de ayuda, mantuvo con él diversas conversaciones que terminaron provocando una profunda conversión personal. En el Libro de la Vida recuerda con emoción cómo aquel sacerdote decidió cambiar de vida y recuperar el fervor que había perdido. El episodio revela una característica que acompañará a Teresa durante toda su existencia: incluso en medio de sus propias dificultades era capaz de preocuparse por los demás y de convertirse en instrumento de renovación para quienes la rodeaban.
Aquella experiencia dejó una huella profunda en su carácter. Los meses de Becedas enseñaron a Teresa que la enfermedad podía convertirse en una auténtica escuela de fortaleza interior. A partir de entonces conviviría durante el resto de su vida con numerosos problemas de salud, pero jamás permitiría que las limitaciones físicas frenaran su actividad. Resulta difícil imaginar la inmensa obra fundacional que desarrolló años después sin recordar antes aquellos días en los que estuvo a punto de morir siendo todavía una joven religiosa.
Desde una perspectiva cultural, Becedas constituye uno de los escenarios más elocuentes para comprender la medicina del siglo XVI. La confianza depositada en curanderos y sanadores populares convivía entonces con la medicina universitaria, mientras los conocimientos sobre muchas enfermedades seguían siendo muy limitados. Teresa se convirtió, sin pretenderlo, en testigo privilegiado de esa realidad, dejando en sus escritos uno de los relatos más vivos sobre los tratamientos médicos de su tiempo y sobre el sufrimiento que podían ocasionar.
Hoy, al recorrer las Huellas de Teresa, Becedas invita a detenerse en una etapa muy distinta de la que representan las grandes fundaciones. Aquí no encontramos a la reformadora infatigable que atraviesa Castilla levantando conventos, sino a una joven frágil que experimenta el dolor, la incertidumbre y el miedo a la muerte. Precisamente por eso este pequeño pueblo ocupa un lugar tan importante en la biografía teresiana. Fue allí donde Teresa descubrió que la debilidad humana no es un obstáculo para realizar grandes obras, sino, en muchas ocasiones, el punto de partida desde el que comienza a forjarse una extraordinaria fortaleza interior. Las Huellas de Teresa pasan también por Becedas porque, antes de transformar el Carmelo, Teresa tuvo que aprender a transformar el sufrimiento en esperanza.