A veces la historia cambia mientras se camina. Eso ocurrió en agosto de 1568, cuando Teresa de Jesús y Juan de la Cruz emprendieron juntos el camino entre Medina del Campo y Valladolid. Aquel recorrido, que podría parecer un viaje más entre las numerosas fundaciones emprendidas por Teresa, acabaría convirtiéndose en uno de los episodios más decisivos para la consolidación de la Reforma del Carmelo.
Valladolid era entonces una de las ciudades más importantes de la Corona. Centro político en distintas etapas del reinado de Felipe II, sede de una intensa actividad comercial y administrativa, reunía un ambiente intelectual y social muy diferente al de las pequeñas villas donde Teresa había comenzado sus fundaciones. Instalar allí un nuevo convento suponía dar un paso decisivo en la expansión de la reforma carmelitana.
Sin embargo, el verdadero interés histórico de aquella fundación no reside únicamente en la apertura de un nuevo monasterio, sino en el camino recorrido hasta llegar a ella y en las semanas que Teresa y Juan compartieron antes de que este iniciara una nueva etapa de su vida.
Un año antes, en agosto de 1567, Teresa había llegado a Medina del Campo para fundar el segundo convento de Carmelitas Descalzas. Allí conoció a un joven fraile carmelita llamado Juan de Santo Matía, que meditaba abandonar la Orden para ingresar en la Cartuja en busca de una vida más austera.
La conversación entre ambos cambió el curso de la historia.
Teresa encontró en aquel religioso al compañero ideal para iniciar la rama masculina de la Reforma del Carmelo. Juan, por su parte, descubrió en la fundadora un proyecto capaz de responder a sus inquietudes de renovación. Antes de enviarlo a establecer el primer convento de frailes descalzos, Teresa quiso que conociera de primera mano cómo vivían las comunidades femeninas que ya había fundado.
Por eso decidió llevarlo consigo a Valladolid.
El 9 de agosto de 1568 partieron de Medina del Campo acompañados por varias hermanas. Durante el trayecto compartieron jornadas de camino, conversaciones y una convivencia que iba mucho más allá del simple desplazamiento entre dos ciudades.
En una época en la que viajar significaba recorrer largas distancias por caminos de tierra, cruzar ríos, detenerse en ventas y soportar el calor del verano castellano, aquellas jornadas ofrecieron a Teresa la oportunidad de transmitir personalmente al joven fraile el espíritu práctico de la Reforma.
No se trataba únicamente de abrir nuevos conventos. Había que aprender una manera de vivir, de gobernar y de construir comunidad.
La comunidad tomó posesión del convento el 15 de agosto de 1568, aunque muy pronto comprobaría que el edificio, situado en Río de Olmos, resultaba demasiado húmedo e insalubre para la vida cotidiana. Mientras se resolvía el traslado definitivo, Teresa permaneció varias semanas en Valladolid. También lo hizo Juan de la Cruz.
Durante casi dos meses convivió con las religiosas, observando el funcionamiento diario de la comunidad. No fue un espectador, sino alguien que aprendía directamente de la experiencia acumulada por Teresa tras sus primeras fundaciones.
La propia santa explica el sentido de aquella decisión en el Libro de las Fundaciones:
«Yo me fui con fray Juan de la Cruz a la fundación de Valladolid, para informarle de nuestra manera de proceder, para que llevase bien entendidas todas las cosas, así de mortificación como del estilo de hermandad y recreación que tenemos juntas. Él era tan bueno, que, al menos yo, podía mucho más aprender de él que él de mí; mas esto no era lo que yo hacía, sino enseñarle el estilo de proceder las hermanas.» (Fundaciones, 13,5).
Más allá de su dimensión religiosa, estas palabras poseen un extraordinario valor histórico. Teresa estaba transmitiendo un modelo organizativo. Quería que la futura comunidad masculina compartiera el mismo modo de entender la vida cotidiana: la fraternidad, el trabajo compartido, la sencillez, la responsabilidad común y una forma concreta de gobernar las nuevas fundaciones.
En cierto modo, Valladolid fue el primer lugar donde Juan de la Cruz pudo conocer desde dentro cómo funcionaba la Reforma.
La estancia en Valladolid fortaleció una relación que marcaría profundamente la historia del Carmelo.
Teresa admiraba la inteligencia, la serenidad y la capacidad espiritual del joven fraile. Juan encontraba en la fundadora una mujer de extraordinaria capacidad organizativa y una visión clara del futuro.
Ambos compartían un mismo objetivo, aunque con personalidades muy diferentes. Teresa era una incansable fundadora, práctica, resolutiva y extraordinariamente hábil para afrontar los problemas cotidianos. Juan aportaría después una profundidad literaria y poética que convertiría su obra en una de las cumbres de la literatura española.
La complementariedad entre ambos explica, en buena medida, el éxito de la Reforma.
Cuando Teresa consideró que Juan ya conocía suficientemente el estilo de vida de las descalzas, llegó el momento de emprender un nuevo camino.
Desde Valladolid partió hacia Duruelo, una pequeña localidad abulense donde, el 28 de noviembre de 1568, se inauguraría el primer convento de Carmelitas Descalzos.
La humilde casa de Duruelo suele ocupar el protagonismo en la historia de la Orden. Sin embargo, resulta difícil comprender aquel acontecimiento sin mirar antes hacia Valladolid.
Fue allí donde Juan de la Cruz recibió una formación práctica que le permitió trasladar a la nueva comunidad masculina el estilo de vida que Teresa había ido definiendo desde la fundación de San José de Ávila.