Cuando Santa Teresa de Jesús murió en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582, sus fundaciones seguían creciendo, pero su legado escrito aún no gozaba del reconocimiento que alcanzaría décadas más tarde. Sus obras circulaban principalmente en copias manuscritas, algunos teólogos observaban con recelo sus experiencias místicas y la propia figura de la fundadora todavía estaba lejos de convertirse en uno de los grandes referentes de la cultura española. En aquellos años decisivos apareció un personaje cuya aportación resultó esencial para preservar su memoria: fray Diego de Yepes. Monje jerónimo, confesor de Felipe II, bibliotecario de El Escorial y más tarde obispo de Tarazona, dedicó buena parte de su vida a difundir la figura de Teresa de Jesús, a defender sus escritos y a dejar constancia de una mujer a la que había conocido personalmente durante los últimos años de su vida.

Nacido en la villa toledana de Yepes el 25 de septiembre de 1529, Diego ingresó con apenas veintiún años en el monasterio jerónimo de La Sisla, cerca de Toledo. Su sólida formación intelectual y su capacidad de gobierno le llevaron a ocupar algunos de los cargos más importantes dentro de la Orden de San Jerónimo, siendo prior en distintos monasterios de Castilla, bibliotecario del monasterio de San Lorenzo de El Escorial y, finalmente, confesor del rey Felipe II antes de ser nombrado obispo de Tarazona. Sin embargo, más allá de esa brillante trayectoria, la historia lo recuerda por haber sido uno de los grandes admiradores y propagandistas de la obra teresiana.

Las relaciones entre Diego de Yepes y Teresa de Jesús comenzaron hacia finales de la década de 1560. Él mismo recordaría años después que la había tratado durante más de diez años y que había coincidido con ella en ciudades como Valladolid, Medina del Campo, Toledo y Ávila, además de otros lugares relacionados con las fundaciones. Aquellos encuentros le permitieron conocer de cerca tanto la personalidad de Teresa como la extraordinaria actividad que desarrollaba recorriendo Castilla para levantar nuevos conventos. Esa experiencia directa convertiría sus futuros testimonios en una fuente histórica de enorme valor para comprender los últimos años de la fundadora.

Uno de los episodios más conocidos de su relación tuvo lugar en Toledo, durante el verano de 1576. A su regreso de Andalucía, Teresa aceptó el consejo del dominico Domingo Báñez y tomó como confesor al entonces prior de La Sisla, Diego de Yepes. La experiencia, sin embargo, fue muy breve. La propia Teresa explicó en una carta dirigida a Jerónimo Gracián que comprendió pronto que debía volver a ponerse bajo la dirección espiritual del doctor Velázquez. Lo significativo es que aquel cambio no provocó en Yepes ningún resentimiento. Muy al contrario, con el paso de los años su admiración por Teresa no dejó de crecer, hasta convertirse en uno de sus más firmes defensores.

La última vez que ambos se encontraron fue en circunstancias especialmente delicadas para el monje jerónimo. En 1581, después de haber sido destituido de su priorato, Diego de Yepes marchaba hacia un nuevo destino cuando se cruzó con Teresa de Jesús, que regresaba de la fundación de Soria. Durante aquel encuentro, la Santa conoció la difícil situación que atravesaba y, con la sencillez que la caracterizaba, le entregó un par de doblones de plata para ayudarle en el camino. Yepes conservó aquellas monedas durante toda su vida como uno de los recuerdos más valiosos de la fundadora, hasta el punto de incorporarlas al pequeño conjunto de reliquias teresianas que custodió en Tarazona.

Tras la muerte de Teresa comenzó la etapa más importante de la labor de Diego de Yepes. Mientras algunos sectores cuestionaban la autenticidad de sus escritos e incluso llegaban a denunciar determinadas páginas ante la Inquisición, él asumió la defensa de la fundadora con una firmeza poco común. En 1587 envió a fray Luis de León una extensa relación con recuerdos personales y abundantes datos biográficos destinados a facilitar la edición de las obras teresianas. Años después escribiría una célebre carta al dominico Juan de Lorenzana pidiéndole que retirara las acusaciones formuladas contra los libros de Teresa, recordándole que resultaba injusto desacreditar a una mujer que ya no podía defenderse y cuya vida había estado enteramente dedicada al servicio de Dios. Aquella intervención constituye uno de los documentos más importantes para comprender la recepción de la obra teresiana a finales del siglo XVI.

Su compromiso con la memoria de Teresa fue todavía más allá. Diego de Yepes participó activamente en los primeros procesos para su beatificación y aportó uno de los testimonios más extensos y detallados de cuantos habían conocido personalmente a la fundadora. Desde Tarazona escribió incluso al papa Clemente VIII solicitando que la causa avanzara con rapidez, convencido de que la Iglesia debía reconocer cuanto antes la santidad de una mujer cuya vida había transformado profundamente la realidad religiosa y cultural de su tiempo. Su declaración continúa siendo hoy una fuente imprescindible para los investigadores.

También su nombre quedó unido durante siglos a una de las primeras grandes biografías de la Santa. En 1606 apareció publicada la Vida, virtudes y milagros de la bienaventurada virgen Teresa de Jesús, una obra que llevaba su firma y que durante mucho tiempo fue considerada de su autoría. Hoy sabemos que el verdadero redactor fue el carmelita Tomás de Jesús y que el nombre del obispo de Tarazona se utilizó para otorgar mayor autoridad a la publicación. Aun así, Diego de Yepes respaldó plenamente aquella empresa editorial y siguió promoviendo la difusión de la figura de Teresa en un momento decisivo para su reconocimiento público.

La historia suele recordar a quienes protagonizan los grandes acontecimientos, pero necesita igualmente a quienes saben conservarlos para las generaciones futuras. Diego de Yepes nunca fundó conventos ni recorrió Castilla como lo hizo Teresa de Jesús, pero comprendió antes que muchos la trascendencia histórica de aquella mujer y dedicó buena parte de su vida a proteger su memoria. Gracias a sus cartas, sus testimonios, su defensa de los escritos teresianos y su constante labor de divulgación, hoy conocemos mejor a la fundadora y el extraordinario alcance de su obra. Recorrer las Huellas de Teresa supone también descubrir a personajes como él, cuya discreta pero decisiva contribución permitió que la voz de Teresa siguiera resonando mucho después de su muerte.