La historia de Santa Teresa de Jesús está llena de fundaciones realizadas, pero también de proyectos que estuvieron a punto de hacerse realidad y que, por diversas circunstancias, nunca llegaron a culminarse. Uno de esos episodios poco conocidos nos lleva hasta Segura de la Sierra, en la actual provincia de Jaén, donde hace exactamente 458 años se abrió una posibilidad que pudo haber cambiado el mapa teresiano de España.

El 28 de junio de 1568, Teresa de Jesús escribía una carta dirigida a don Cristóbal Rodríguez de Moya, un acaudalado vecino de Segura de la Sierra que se planteaba impulsar una fundación vinculada a la reforma religiosa que estaba promoviendo la Santa. La carta, conservada entre el epistolario teresiano, constituye uno de los testimonios más interesantes de una fundación que nunca llegó a producirse.

La propuesta llegó a Teresa en un momento especialmente intenso de su vida. Apenas unos meses antes había salido de Toledo para poner en marcha la fundación de Malagón y se encontraba inmersa en la expansión de la Reforma del Carmelo. Aquel año de 1568 sería, además, decisivo para el nacimiento de los Carmelitas Descalzos, con la fundación de Duruelo pocos meses después.

Según explica la introducción de la propia carta, don Cristóbal Rodríguez de Moya dudaba entre promover una fundación carmelitana o favorecer la implantación de un colegio de la Compañía de Jesús. Sus hijas llevaban una vida de gran recogimiento espiritual y toda la familia mantenía una profunda relación con los jesuitas. Teresa, consciente de la importancia de la decisión, quiso implicarse personalmente en el proyecto.

En la parte auténtica de la carta que se ha conservado, la Santa lamenta no haber conocido antes los detalles de la iniciativa y muestra claramente su disposición a colaborar. «Puestas todas las cosas en sus manos, sus deseos de vuestras mercedes y los míos, pues todos van guiados para gloria suya, ordenará se pongan por obra como convenga mejor», escribe Teresa, poniendo el proyecto bajo la providencia de Dios.

La fundadora no se limita a expresar buenos deseos. También envía como intermediario al licenciado Juan Bautista, sacerdote de Ávila que conocía bien el modo de vida de las carmelitas descalzas, para que pudiera informar detalladamente a don Cristóbal sobre el espíritu y las características de la reforma teresiana. Teresa insiste en que se trata de un asunto importante y que debe abordarse con prudencia y claridad.

Todo parecía indicar que la posibilidad era real. Sin embargo, la historia tomó otro rumbo. Finalmente, don Cristóbal Rodríguez de Moya desistió de la fundación teresiana y optó por apoyar un colegio de la Compañía de Jesús. De este modo, el proyecto de establecer un Carmelo en Segura de la Sierra quedó definitivamente abandonado.

La propia documentación teresiana apenas vuelve a mencionar esta iniciativa. Sin embargo, sabemos que el asunto fue suficientemente importante como para que Teresa dedicara tiempo, gestiones y correspondencia al proyecto. También conocemos la implicación del franciscano fray Antonio de Segura, natural de la localidad y amigo de la Santa, quien había asesorado a Teresa en aquellas conversaciones sobre una posible fundación en la villa jienense.

Resulta inevitable preguntarse qué habría ocurrido si aquel proyecto hubiera prosperado. Segura de la Sierra se habría incorporado al grupo de ciudades directamente vinculadas a la obra fundacional de Teresa de Jesús y hoy formaría parte de los lugares imprescindibles para comprender la expansión del Carmelo descalzo por España.

La historia no siempre se construye únicamente con lo que sucedió. También está formada por oportunidades, decisiones y caminos que quedaron sin recorrer. Segura de la Sierra es uno de esos lugares donde la huella teresiana estuvo a punto de hacerse realidad. Una ciudad que, durante unas semanas de 1568, formó parte de los sueños fundacionales de Teresa de Jesús y que, aunque nunca llegó a contar con un convento teresiano, conserva el privilegio de haber sido considerada por la Santa para formar parte de su gran aventura espiritual.

Quizá por eso, al leer hoy aquella carta del 28 de junio de 1568, resulta fácil imaginar una historia alternativa en la que Segura de la Sierra hubiera pasado a formar parte de las fundaciones teresianas. Una ciudad que pudo haber sido, también, una de las actuales Huellas de Teresa