Hay decisiones que no nacen de un plan, sino de una circunstancia. Y, sin embargo, terminan marcando un camino.

La fundación de Sevilla no estaba en los planes de Teresa de Jesús. No era una ciudad buscada, ni un destino deseado en aquel momento. Su horizonte apuntaba a otros lugares, a otras casas que llevaban tiempo esperando. Pero en Beas de Segura, en el encuentro con Jerónimo Gracián, todo cambia. La obediencia se impone sobre la intención, y Teresa, tras resistirse incluso en la oración, acepta lo que se le pide. Sevilla será el siguiente paso.

Aquel gesto —aparentemente sencillo— encierra ya una tensión que acompañará toda la fundación. Porque Sevilla no era un territorio fácil. Ni por contexto, ni por historia, ni por las propias restricciones que Teresa arrastraba. El general de la Orden había desaconsejado fundar en Andalucía, y sin embargo, hacia allí se pone en camino. No como quien ejecuta un plan claro, sino como quien avanza en medio de incertidumbre.

El viaje desde Beas es, en sí mismo, una prueba. Nueve días de camino atravesando tierras duras, calor sofocante, escasez de recursos y situaciones límite que ponen a prueba no solo el cuerpo, sino también la paciencia. Viajan en carros, con lo mínimo, confiadas en ayudas que luego no aparecerán como se esperaba. La comida escasea, el agua se paga cara, los caminos no siempre ofrecen resguardo.

En medio de ese trayecto, hay momentos que condensan la fragilidad del viaje. El paso del Guadalquivir, por ejemplo, cuando la barca pierde el control y los carros y animales quedan a la deriva, mientras las monjas, desde la orilla, rezan y, cuando es necesario, tiran también de la maroma. O la enfermedad de Teresa, abatida por una fiebre intensa en pleno calor, sin un lugar adecuado donde descansar, obligada a continuar el camino cuando el cuerpo apenas responde.

Y, sin embargo, hay algo que sorprende en todos los relatos: la manera en que Teresa atraviesa esas dificultades. No desde la queja constante, sino desde una capacidad casi inesperada de sostener el ánimo. Se ríe, compone versos, convierte los contratiempos en relato compartido. No elimina la dureza del camino, pero cambia la forma de habitarlo.

Cuando finalmente llegan a Sevilla, el 26 de mayo de 1575, podría pensarse que lo más difícil ha pasado. Pero no es así.

La ciudad, grande, compleja, llena de contrastes, no ofrece la acogida esperada. La casa preparada resulta insuficiente, pobre, mal acondicionada. Lo que debía ser un inicio ordenado se convierte en una nueva improvisación. Apenas hay camas, ni utensilios básicos, ni siquiera lo necesario para la vida diaria. Lo poco que encuentran es prestado… y pronto reclamado por sus dueños.

La precariedad es extrema. Tras el viaje, apenas queda dinero. Hay días en los que la comida se reduce a lo mínimo, otros en los que ni siquiera eso está garantizado. Las ayudas prometidas no llegan como se esperaba. La realidad desmiente las expectativas con rapidez.

Y, sin embargo, la fundación se sostiene. No por las condiciones externas, sino por una decisión que ya no depende de ellas. Teresa no retrocede. No abandona. Permanece. Y en ese permanecer, en medio de la falta de medios, se va configurando la comunidad.

Sevilla se convierte así en una fundación paradigmática. No por su facilidad, sino por todo lo contrario. Porque en ella se hace visible hasta qué punto el proyecto teresiano no depende de circunstancias favorables, sino de una capacidad de sostener lo iniciado incluso cuando todo parece desmoronarse.

Con el tiempo, la comunidad se afianzará. Llegarán apoyos, se ordenará la vida cotidiana, la presencia se normalizará en la ciudad. Pero ese inicio —duro, incierto, casi al límite— quedará como una de las expresiones más claras del camino de Teresa.

Porque hay fundaciones que nacen con todo a favor. Y otras que, como Sevilla, nacen simplemente porque alguien decide no detenerse.